Once... a good friend...
...suggested me I took a look to this illustrator... I still don’t know how I feel about his work. Feel free to leave your opinions here. Every body deserves to be listened to!! :)
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El olor a tabaco se filtra camuflándose, sin pedir permiso, en las camisetas sudadas que danzan la muerte que les llegará tarde o temprano. Unísono en mis venas. Estanque de pestilencias con esencia de azufre. No puedo soportar el abarrotamiento de sensaciones que retumban entre estas cuatro paredes. Cambio el sudor por orín y me dirijo al baño, sedienta de reposo y saturada de olores pesados, vomitivos.
Es cuando abro la puerta que una fragancia se tatúa, canela… Quizás desprende ternura pero no confío en tal ingenuidad, incluso su rostro aniñado podría engañarme, ladea la cabeza con gracia y suelta una sonrisa que huele a té de mango y fresa. Moja su cuello, tan sugerente como el ácido chispeo de una naranja mientras la pelas con los dedos y la abres en dos…
Es agradable oler como se acerca y como su perfume va invadiendo sigilosamente el espacio. A cada paso que da hacia mí, los poros se abren, mi boca traga y escribe en mi mente el retrato de una belleza indescriptible… Imagino esta mujer, sentada y desnuda ante mí ofreciéndome, con la cabeza hacía atrás, el aliento goloso de su sexo. Meto la lengua en su axila, cuenco que contiene un tumulto de especias variadas, picantes… Luego resbalo desorientada hasta llegar al precipicio dónde ya se pierde el aroma a lavanda de su pelo y su monte de Venus me regala mil gotas transparentes…
Hace cinco minutos que ha pedido un café con una de sus mejores sonrisas, espléndida, radiante. Como siempre, solo echará la mitad del sobre de azúcar para doblarlo en diagonal, después removerá el café con gracia y con solo esos tres sorbos castos y elegantes terminará el ritual de cada mañana, luego se perderá entre la gente.
Todos los días a las nueve la veo cruzar el portal de su casa, con prisa, sin pausa alguna, el pelo mojado tras la ducha matutina, suelto… ondulado… la tez limpia, pálida, anacarada.
Desde hace tiempo consigo ahogar el presente, soñar la misma imagen… Incluso muchas veces creo que no es real, que es imposible que algo nuble mi mente así, que pueda marear una realidad que ahora solo le pertenece a ella. Sigo su sombra…
Sé donde vive, podría presentarme allí y quedarme dormido apoyando la cabeza en la puerta, tranquilo, sabiendo que ella me espera al otro lado.
La conozco como si supiera a qué sabe cada pizca de su cuerpo, imagino mis manos acariciando sus senos, su boca enlazada con el aire desprendiendo un aroma dulce y efímero que se mezcla con su sonrisa. Mareo…
Sé que baja los escalones de dos en dos, que aguanta la respiración un par de segundos cuando se pone nerviosa y solo cierra los ojos cuando escucha música, la música que más le gusta. Sé cuando está triste porqué no encuentro el horizonte en su mirada, cuando acaba de llorar porqué sus pómulos se enrojecen y hace terribles esfuerzos por demostrar lo contrario. Sé que el jueves es el día del vestido rojo, escurridizo entre sus curvas: el vestido rojo de tirantes… A menudo tengo la sensación que el vestido se está tragando mi sangre y por eso cada día ella brilla más y más y yo cada vez resulto más insignificante ante su presencia.
Yo la conozco. Vivo al otro lado de la acera y me dedico a observarla, desesperado por conseguir acercarme más, entrar en su vida de repente y no salir de ella nunca jamás. Quiero beberme su nombre y tatuarlo en mis pensamientos como cada detalle que he guardado y que ya forma parte de mí.
He cedido mi espacio y mi tiempo a su merced sin que ella sepa que yo existo. Pasan los días y me tomo el café con esos tres sorbos, cierro los ojos cuando escucho música y bajo la escalinata de mi casa con las mismas zancadas…
Yo ya no puedo esconder nada pero en ella sigue el misterio… ¿de qué me sirve saber dónde vive o cuando llora si no puedo compartirlo con ella…?
Hoy es jueves y mi sangre brota en su vestido de tirantes, sus rizos se enredan húmedos en el aire seco de la ciudad, su tez está limpia como siempre y yo la espero ansioso en la cafetería para ver como dobla en diagonal el sobre de azúcar. Hoy encuentro el horizonte en su mirada y no puedo evitar quedarme petrificado al ver que… no pide el café, aguanta la respiración un par de segundos y tambaleando el vestido con sus caderas, se sumerge en mi espacio y me dice al oído: me llamo…
Entonces encuentro mi ruina existencial, cada miserable laguna albergada en la borrachera. Como una imagen rebobinada, agotada, un corazón latiendo, repitiéndose en el espacio, multiplicando su aullido, golpeando el pecho con interrogantes como ecos huecos que se liberan a cada segundo.
Mientras… el agua del tejado se filtra y cada gota estalla en la fragilidad de mis pies desnudos. Mi mirada se traduce así en la descripción de todo aquello que vivo, con o sin previo aviso.
Si pudiese desdibujar los detalles, lúcidos, y acelerar su proceso de putrefacción para luego sentir pena y tener un motivo real para recordarles. Recordarles a todos ustedes… con cariño. No quiero cumplir por amor incondicional, ni valores educacionales políticamente correctos, diplomacia barata que sale demasiado cara y que se repite de forma generacional, como el bombeo incesante de ese corazón que aulla su propia agonía.
Amanece el día y amenaza el recuerdo. Vivo atrapada en un cadáver que camina, erguido como el cigarrillo que se sostiene tras el asombro, este cadáver se desprende de su piel curtida y apesta, pero me resisto a morir. De repente, sin esperarlo, el cigarrillo emite un ruido, suena como el aleteo de una paloma cansada…
Querría hundirme en ese vacío sordo que a menudo nos ayuda a saber convivir con nosotros mismos.
Veo un puzzle de gres lleno de polvo, desprotegido, sin paredes. Los excrementos de paloma se reúnen con los pequeños esqueletos de crías perdidas, encogidas, miserables, que un día se despidieron prematuramente de su cobijo para permanecer, por siempre jamás, en una corta vida. Me siento como esos diminutos huesos atrapados en el gres: insignificante y absurda, estrellada contra el suelo sin representar nada, produciendo pena y asco al oírme crujir bajo los pies, ensuciándolos con pequeñas dosis de compasión.
Estudiando cada centímetro del suelo, quiero evitar mirar al vacío dónde esos pichones se entregaban al cielo con la cabeza ladeada y el aleteo paralizado en el tiempo. Me asusta sentir que yo también estoy expuesta y lista para desaparecer con el polvo y la lluvia.
El cigarrillo cala hasta el filtro y el calor se instala en los dos dedos que lo sostienen: cae a ese vacío que también resulta ser el mío, un acto reflejo…alguien también me ha soltado y con los brazos abiertos hago añicos mis omoplatos, arañando ese suelo sucio al que me entrego encogida.
Lejanas dunas rebozan con su arena mi alma vacía, sin sentido. Llego a un oasis de respuestas dónde lentamente ahogo el temor de mis presentimientos. Al despertar, mi reloj biológico llena la achinada retina con números; el cansancio vuelve a mí como si en lugar de tratarse de un dulce despertar, todo fuera de forma redundante, otra noche ciega de alcohol destilado en sangre.
Lejanas dunas, una bruma sólida y piedras negras dejadas madurar bajo el agua de una noche sin luna; una tras otra, magullan la sien que bombea… cercana.
La sonrisa de la gente se muestra con dientes afilados, triángulos de hueso cortando minuciosamente el labio, tibio después de los golpes que ofrece la vida. La envidia se ha disfrazado de gratitud ensuciándose más y más, carcomiendo las huellas de una identidad diluida en ácido limpio, incoloro, insípido… agua fresca que tomas para después puedas vomitarla de cuajo, expulsarla de ti.
Una a una, esas piedras negras sostienen un mar en calma de una noche sin luna.