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Once... a good friend...

Once... a good friend...

...suggested me I took a look to this illustrator... I still don’t know how I feel about his work. Feel free to leave your opinions here. Every body deserves to be listened to!! :) 

Lecturas Manifestas

Lecturas Manifestas

 

MANIFIESTO FUTURISTA DE LA LUJURIA
Respuesta a los periodistas deshonestos que mutilan las
frases para ridiculizar la idea; a las mujeres que piensan lo
que yo me he atrevido a decir; a aquellas para las que la
Lujuria sigue siendo solamente un pecado; a todos los que en
la Lujuria llegan sólo al Vicio; y en el Orgullo, sólo a la
Vanidad.

 

La lujuria, entendida fuera de todo concepto moral y como elemento esencial de dinamismo de la vida, es una fuerza.
Para una estirpe fuerte, la lujuria, al igual que el orgullo, no es un pecado capital. Al igual que el orgullo, la lujuria es una virtud estimulante, un fuego del que se nutren las energías.
La lujuria es la expresión de un ser proyectado más allá de sí mismo; es el gozo doloroso de una carne que ha llegado al culmen, el dolor gozoso de una exuberancia; es la unión carnal, más allá de los secretos que unifican a los seres; es la síntesis sensorial y sensual de un ser que quiere hacer más libre su espíritu; es una partícula de humanidad que entra en comunicación con toda la sensualidad
de la tierra; es el estremecimiento imprevisto de un fragmento de la tierra.
La lujuria es la búsqueda carnal de lo desconocido, como la cerebralidad es la búsqueda espiritual. La lujuria es el gesto de crear, y es la creación.
La carne crea, como crea el espíritu. Ante el Universo, su creación es igual. Una no es superior a la otra. Y la creación espiritual depende de la creación carnal.
Nosotros tenemos un cuerpo y un espíritu. Reprimir uno para expandir el otro es prueba de debilidad, y un error. Un ser fuerte debe realizar todas sus posibilidades carnales y espirituales. La lujuria es un tributo a los conquistadores. Tras una batalla en la que han muerto hombres, es normal que los victoriosos, seleccionados por la guerra, se vean impelidos, en la tierra conquistada, hasta el estupro para recrear la vida.
Después de las batallas, los soldados aman la voluptuosidad, en la que se relajan, para renovarse, las energías en continuo asalto. El héroe moderno, no importa en qué campo actúe, siente el mismo deseo y el mismo placer. El artista, gran médium universal, tiene la misma necesidad.
Incluso la exaltación de los espíritus iluminados de religiones nuevas, que sienten todavía la tentación de lo desconocido, no es sino una sensualidad espiritualmente desviada hacia una sagrada imagen femenina.
El arte y la guerra son las grandes manifestaciones de la sensualidad; de ellas florece la lujuria.
Un pueblo exclusivamente espiritual y un pueblo exclusivamente lujurioso caerían igualmente en la esterilidad.
La lujuria estimula las energías y desencadena las fuerzas. Ella empujaba implacablemente a los hombres primitivos a la victoria, por el orgullo de llevar a la mujer los trofeos de los vencidos. Ella empuja hoy a los grandes hombres de negocios que gobiernan la banca, la prensa y los tráficos internacionales a multiplicar el oro, creando núcleos, utilizando energías, exaltando a las multitudes
para adornar, enriquecer y magnificar el objeto de su lujuria.
Estos hombres, sobrecargados de obligaciones pero fuertes, encuentran tiempo para la lujuria, motor principal de sus acciones y de las consiguientes reacciones que repercuten sobre una pluralidad de gentes y de mundos.
También en los pueblos nuevos, cuya lujuria todavía no se ha liberado ni se ha declarado abiertamente, que no poseen la brutalidad primitiva ni el refinamiento de las civilizaciones antiguas, la mujer es la gran promotora, a la que todo se ofrece. El culto discreto que el hombre le tributa no es más que el impulso aún inconsciente de una lujuria adormecida. En estos pueblos, como también, por diferentes motivos, en los pueblos nórdicos, la lujuria es casi exclusivamente procreadora. Pero se definan como se definan, normales o anormales, los aspectos bajo los que se manifiesta, la lujuria es siempre la suprema incitadora.
La vida brutal, la vida enérgica, la vida espiritual, llega en un momento en que exigen una tregua. El esfuerzo por el esfuerzo acaba derivando en el esfuerzo del placer. Lejos de hacerse daño mutuamente, realizan plenamente un ser completo.
Para los héroes, para los creadores espirituales, para los dominadores de cualquier campo, la lujuria es la exaltación magnífica de su fuerza: para todo ser, es una motivación a superarse, con el simple intento de emerger, de ser notado, de ser escogido, de ser elegido.
Sólo la moral cristiana, tomando el lugar de la pagana, fue desventuradamente inducida a considerar la lujuria como una debilidad. De este gozo sano que es la plena exuberancia de una carne potente ella ha hecho una vergüenza que hay que esconder, un vicio del que hay que renegar.La ha cubierto de hipocresía; y de ese modo la ha convertido en pecado.
Dejemos de burlarnos del deseo, esta atracción, sutil y brutal al mismo tiempo, de dos carnes, no importa el sexo que sean, de dos carnes que se desean, que tienden a ser una sola. Dejemos de burlarnos del deseo disfrazándolo bajo los lamentables y piadosos despojos de la vieja y estéril sentimentalidad. No es la lujuria la que desagrega, disuelve y aniquila, sino las hipnotizantes complicaciones del sentimentalismo, los celos artificiosos, las palabras que embriagan y engañan, el
patetismo de las separaciones y de las fidelidades eternas, las nostalgias literarias; todo el histrionismo del amor.¡Destruyamos las siniestras baratijas románticas, las margaritas deshojadas, los dúos bajo la luna, los falsos pudores hipócritas! Que los seres aproximados por una atracción física, en lugar de
hablar exclusivamente de sus frágiles corazones, osen expresar sus deseos, las preferencias de sus cuerpos, pregustando las posibilidades de gozo o de ilusión de su futura unión carnal.
El pudor físico, por su naturaleza variable según los tiempos y los países, tiene sólo el efímero valor de una virtud social.
Es preciso ser conscientes ante la lujuria. Es preciso hacer de la lujuria lo que un ser inteligente y refinado hace de sí mismo y de su propia vida. Es preciso hacer de la lujuria una obra de arte. Fingir inconsciencia o desfallecimiento para explicar un gesto de amor es hipocresía, debilidad o estupidez. Es preciso desear conscientemente una carne, como se desea cualquier otra cosa.
En lugar de darse y tomarse (por flechazo, delirio o inconsciencia) como seres multiplicados por las inevitables desilusiones del imprevisible mañana, es necesario escoger sobriamente. Es necesario, guiados por la intuición y la voluntad, valorar las sensibilidades y las sensualidades, emparejando y culminando sólo aquellas que pueden completarse y exaltarse. Con la misma conciencia y la misma voluntad directora, es necesario llevar el gozo de este emparejamiento a su paroxismo, desarrollar todas sus posibilidades y hacer florecer plenamente el germen de las carnes unidas. Es necesario transformar la lujuria en una obra de arte, hecha, como toda obra de arte, de instinto y de consciencia.
Es preciso despojar a la lujuria de todas las veladuras sentimentales que la deforman. Sólo por la vileza se la ha cubierto con todos estos velos, puesto que la sentimentalidad estática colma: en ella reposamos y nos envilecemos.
En un ser sano y joven, siempre que la lujuria se contrapone a la sentimentalidad, es la lujuria la que prevalece. Las convenciones sentimentales siguen las modas, la lujuria es perenne. La lujuria triunfa porque es la exaltación gozosa que empuja al individuo más allá de sí mismo, es el gozo de la posesión y del dominio, la victoria perpetua de la que renace la perpetua batalla, el deseo de la conquista más embriagadora y más cierta. Y esta conquista cierta y temporal vuelve a empezar sin
pausa.
La lujuria es una fuerza porque afina el espíritu purificando con el fuego las turbulencias de la carne. De una carne sana y fuerte, purificada por las caricias, el espítu mana lúcido y claro. Sólo los débiles y los enfermos se engatusan y envilecen con ella.
La lujuria es una fuerza, porque mata a los débiles y exalta a los fuertes, favoreciendo la selección. La lujuria es una fuerza, por último, porque no conduce nunca a la miseria de las cosas seguras y definitivas, prodigada por la tranquilizante sentimentalidad. La lujuria es una perpetua batalla nunca del todo ganada. Tras el triunfo pasajero, en el mismo efímero triunfo, aparece la renacida
insatisfacción que, en una voluntad orgiástica, empuja al ser a abrirse, a superarse.
La lujuria es para el cuerpo lo que el ideal es para el espíritu: la magnífica quimera, eternamente abrazada y nunca capturada, la que los seres jóvenes y ávidos, de ella embriagados, persiguen sin tregua.
La lujuria es una fuerza.
Manifiesto futurista de la Lujuria. Valentine de Saint-Point.
París, 11 de enero de 1913.

Sentidos varios I

Sentidos varios I

El olor a tabaco se filtra camuflándose, sin pedir permiso, en las camisetas sudadas que danzan la muerte que les llegará tarde o temprano. Unísono en mis venas. Estanque de pestilencias con esencia de azufre. No puedo soportar el abarrotamiento de sensaciones que retumban entre estas cuatro paredes. Cambio el sudor por orín y me dirijo al baño, sedienta de reposo y saturada de olores pesados, vomitivos.

Es cuando abro la puerta que una fragancia se tatúa, canela… Quizás desprende ternura pero no confío en tal ingenuidad, incluso su rostro aniñado podría engañarme, ladea la cabeza con gracia y suelta una sonrisa que huele a té de mango y fresa. Moja su cuello, tan sugerente como el ácido chispeo de una naranja mientras la pelas con los dedos y la abres en dos…

Es agradable oler como se acerca y como su perfume va invadiendo sigilosamente el espacio. A cada paso que da hacia mí, los poros se abren, mi boca traga y escribe en mi mente el retrato de una belleza indescriptible… Imagino esta mujer, sentada y desnuda ante mí ofreciéndome, con la cabeza hacía atrás, el aliento goloso de su sexo. Meto la lengua en su axila, cuenco que contiene un tumulto de especias variadas, picantes… Luego resbalo desorientada hasta llegar al precipicio dónde ya se pierde el aroma a lavanda de su pelo y su monte de Venus me regala mil gotas transparentes… 

Where did she go?

Where did she go?

Hace cinco minutos que ha pedido un café con una de sus mejores sonrisas, espléndida, radiante. Como siempre, solo echará la mitad del sobre de azúcar para doblarlo en diagonal, después removerá el café con gracia y con solo esos tres sorbos castos y elegantes terminará el ritual de cada mañana, luego se perderá entre la gente.

Todos los días a las nueve la veo cruzar el portal de su casa, con prisa, sin pausa alguna, el pelo mojado tras la ducha matutina, suelto… ondulado… la tez limpia, pálida, anacarada.

Desde hace tiempo consigo ahogar el presente, soñar la misma imagen… Incluso muchas veces creo que no es real, que es imposible que algo nuble mi mente así, que pueda marear una realidad que ahora solo le pertenece a ella. Sigo su sombra…

 Sé donde vive, podría presentarme allí y quedarme dormido apoyando la cabeza en la puerta, tranquilo, sabiendo que ella me espera al otro lado.

La conozco como si supiera a qué sabe cada pizca de su cuerpo, imagino mis manos acariciando sus senos, su boca enlazada con el aire desprendiendo un aroma dulce y efímero que se mezcla con su sonrisa. Mareo…

Sé que baja los escalones de dos en dos, que aguanta la respiración un par de segundos cuando se pone nerviosa y solo cierra los ojos cuando escucha música, la música que más le gusta. Sé cuando está triste porqué no encuentro el horizonte en su mirada, cuando acaba de llorar porqué sus pómulos se enrojecen y hace terribles esfuerzos por demostrar lo contrario. Sé que el jueves es el día del vestido rojo, escurridizo entre sus curvas: el vestido rojo de tirantes… A menudo tengo la sensación que el vestido se está tragando mi sangre y por eso cada día ella brilla más y más y yo cada vez resulto más insignificante ante su presencia.

Yo la conozco. Vivo al otro lado de la acera  y me dedico a observarla, desesperado por conseguir acercarme más, entrar en su vida de repente y no salir de ella nunca jamás. Quiero beberme su nombre y tatuarlo en mis pensamientos como cada detalle que he guardado y que ya forma parte de mí.

He cedido mi espacio y mi tiempo a su merced sin que ella sepa que yo existo. Pasan los días y me tomo el café con esos tres sorbos, cierro los ojos cuando escucho música y bajo la escalinata de mi casa con las mismas zancadas…

Yo ya no puedo esconder nada pero en ella sigue el misterio… ¿de qué me sirve saber dónde vive o cuando llora si no puedo compartirlo con ella…?

 Hoy es jueves y mi sangre brota en su vestido de tirantes, sus rizos se enredan húmedos en el aire seco de la ciudad, su tez está limpia como siempre y yo la espero ansioso en la cafetería para ver como dobla en diagonal el sobre de azúcar. Hoy encuentro el horizonte en su mirada y no puedo evitar quedarme petrificado al ver que… no pide el café, aguanta la respiración un par de segundos y tambaleando el vestido con sus caderas, se sumerge en mi espacio y me dice al oído: me llamo…

Fase REM

Fase REM

Entonces encuentro mi ruina existencial, cada miserable laguna albergada en la borrachera. Como una imagen rebobinada, agotada, un corazón latiendo, repitiéndose en el espacio, multiplicando su aullido, golpeando el pecho con interrogantes como ecos huecos que se liberan a cada segundo.

Mientras… el agua del tejado se filtra y cada gota estalla en la fragilidad de mis pies desnudos. Mi mirada se traduce así en la descripción de todo aquello que vivo, con o sin previo aviso.

Si pudiese desdibujar los detalles, lúcidos, y acelerar su proceso de putrefacción para luego sentir pena y tener un motivo real para recordarles. Recordarles a todos ustedes… con cariño. No quiero cumplir por amor incondicional, ni valores educacionales políticamente correctos, diplomacia barata que sale demasiado cara y que se repite de forma generacional, como el bombeo incesante de ese corazón que aulla su propia agonía.

Pichones que perdieron el Alma

Pichones que perdieron el Alma

Amanece el día y amenaza el recuerdo. Vivo atrapada en un cadáver que camina, erguido como el cigarrillo que se sostiene tras el asombro, este cadáver se desprende de su piel curtida y apesta, pero me resisto a morir. De repente, sin esperarlo, el cigarrillo emite un ruido, suena como el aleteo de una paloma cansada…

Querría hundirme en ese vacío sordo que a menudo nos ayuda a saber convivir con nosotros mismos.

Veo un puzzle de gres lleno de polvo, desprotegido, sin paredes. Los excrementos de paloma se reúnen con los pequeños esqueletos de crías perdidas, encogidas, miserables, que un día se despidieron prematuramente de su cobijo para permanecer, por siempre jamás, en una corta vida. Me siento como esos diminutos huesos atrapados en el gres: insignificante y absurda, estrellada contra el suelo sin representar nada, produciendo pena y asco al oírme crujir bajo los pies, ensuciándolos con pequeñas dosis de compasión.

Estudiando cada centímetro del suelo, quiero evitar mirar al vacío dónde esos pichones se entregaban al cielo con la cabeza ladeada y el aleteo paralizado en el tiempo. Me asusta sentir que yo también estoy expuesta y lista para desaparecer con el polvo y la lluvia.

El cigarrillo cala hasta el filtro y el calor se instala en los dos dedos que lo sostienen: cae a ese vacío que también resulta ser el mío, un acto reflejo…alguien también me ha soltado y con los brazos abiertos hago añicos mis omoplatos, arañando ese suelo sucio al que me entrego encogida.

Dejar Bombear las Piedras

Lejanas dunas rebozan con su arena mi alma vacía, sin sentido. Llego a un oasis de respuestas dónde lentamente ahogo el temor de mis presentimientos. Al despertar, mi reloj biológico llena la achinada retina con números; el cansancio vuelve a mí como si en lugar de tratarse de un dulce despertar, todo fuera de forma redundante, otra noche ciega de alcohol destilado en sangre.

Lejanas dunas, una bruma sólida y piedras negras dejadas madurar bajo el agua de una noche sin luna; una tras otra, magullan la sien que bombea… cercana.

La sonrisa de la gente se muestra con dientes afilados, triángulos de hueso cortando minuciosamente el labio, tibio después de los golpes que ofrece la vida. La envidia se ha disfrazado de gratitud ensuciándose más y más, carcomiendo las huellas de una identidad diluida en ácido limpio, incoloro, insípido… agua fresca que tomas para después puedas vomitarla de cuajo, expulsarla de ti. 

Una a una, esas piedras negras sostienen un mar en calma de una noche sin luna.