Where did she go?
Hace cinco minutos que ha pedido un café con una de sus mejores sonrisas, espléndida, radiante. Como siempre, solo echará la mitad del sobre de azúcar para doblarlo en diagonal, después removerá el café con gracia y con solo esos tres sorbos castos y elegantes terminará el ritual de cada mañana, luego se perderá entre la gente.
Todos los días a las nueve la veo cruzar el portal de su casa, con prisa, sin pausa alguna, el pelo mojado tras la ducha matutina, suelto… ondulado… la tez limpia, pálida, anacarada.
Desde hace tiempo consigo ahogar el presente, soñar la misma imagen… Incluso muchas veces creo que no es real, que es imposible que algo nuble mi mente así, que pueda marear una realidad que ahora solo le pertenece a ella. Sigo su sombra…
Sé donde vive, podría presentarme allí y quedarme dormido apoyando la cabeza en la puerta, tranquilo, sabiendo que ella me espera al otro lado.
La conozco como si supiera a qué sabe cada pizca de su cuerpo, imagino mis manos acariciando sus senos, su boca enlazada con el aire desprendiendo un aroma dulce y efímero que se mezcla con su sonrisa. Mareo…
Sé que baja los escalones de dos en dos, que aguanta la respiración un par de segundos cuando se pone nerviosa y solo cierra los ojos cuando escucha música, la música que más le gusta. Sé cuando está triste porqué no encuentro el horizonte en su mirada, cuando acaba de llorar porqué sus pómulos se enrojecen y hace terribles esfuerzos por demostrar lo contrario. Sé que el jueves es el día del vestido rojo, escurridizo entre sus curvas: el vestido rojo de tirantes… A menudo tengo la sensación que el vestido se está tragando mi sangre y por eso cada día ella brilla más y más y yo cada vez resulto más insignificante ante su presencia.
Yo la conozco. Vivo al otro lado de la acera y me dedico a observarla, desesperado por conseguir acercarme más, entrar en su vida de repente y no salir de ella nunca jamás. Quiero beberme su nombre y tatuarlo en mis pensamientos como cada detalle que he guardado y que ya forma parte de mí.
He cedido mi espacio y mi tiempo a su merced sin que ella sepa que yo existo. Pasan los días y me tomo el café con esos tres sorbos, cierro los ojos cuando escucho música y bajo la escalinata de mi casa con las mismas zancadas…
Yo ya no puedo esconder nada pero en ella sigue el misterio… ¿de qué me sirve saber dónde vive o cuando llora si no puedo compartirlo con ella…?
Hoy es jueves y mi sangre brota en su vestido de tirantes, sus rizos se enredan húmedos en el aire seco de la ciudad, su tez está limpia como siempre y yo la espero ansioso en la cafetería para ver como dobla en diagonal el sobre de azúcar. Hoy encuentro el horizonte en su mirada y no puedo evitar quedarme petrificado al ver que… no pide el café, aguanta la respiración un par de segundos y tambaleando el vestido con sus caderas, se sumerge en mi espacio y me dice al oído: me llamo…
0 comentarios