Pichones que perdieron el Alma
Amanece el día y amenaza el recuerdo. Vivo atrapada en un cadáver que camina, erguido como el cigarrillo que se sostiene tras el asombro, este cadáver se desprende de su piel curtida y apesta, pero me resisto a morir. De repente, sin esperarlo, el cigarrillo emite un ruido, suena como el aleteo de una paloma cansada…
Querría hundirme en ese vacío sordo que a menudo nos ayuda a saber convivir con nosotros mismos.
Veo un puzzle de gres lleno de polvo, desprotegido, sin paredes. Los excrementos de paloma se reúnen con los pequeños esqueletos de crías perdidas, encogidas, miserables, que un día se despidieron prematuramente de su cobijo para permanecer, por siempre jamás, en una corta vida. Me siento como esos diminutos huesos atrapados en el gres: insignificante y absurda, estrellada contra el suelo sin representar nada, produciendo pena y asco al oírme crujir bajo los pies, ensuciándolos con pequeñas dosis de compasión.
Estudiando cada centímetro del suelo, quiero evitar mirar al vacío dónde esos pichones se entregaban al cielo con la cabeza ladeada y el aleteo paralizado en el tiempo. Me asusta sentir que yo también estoy expuesta y lista para desaparecer con el polvo y la lluvia.
El cigarrillo cala hasta el filtro y el calor se instala en los dos dedos que lo sostienen: cae a ese vacío que también resulta ser el mío, un acto reflejo…alguien también me ha soltado y con los brazos abiertos hago añicos mis omoplatos, arañando ese suelo sucio al que me entrego encogida.
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